¿Qué es la depresión? Es un estado que te atrapa, te sumerge y no te deja salir. Es como convertirse en el vacío hecho materialidad. La mente no para de rumiar, de pensar una y otra vez en lo que podría haber sido, en lo que podría ser. Estos pensamientos solo agotan, y de repente te encuentras sin energía para hacer incluso las cosas que antes amabas. En esos momentos, encontré en la escritura un pequeño refugio. No escribía con un objetivo claro, sino para vaciar lo que sentía, para darle entidad a mi dolor y sacarlo de adentro.
Había días en los que pensaba que la depresión se había ido, pero siempre volvía, atacando por sorpresa. Una foto, un recuerdo, un olor, y de pronto estaba de nuevo atrapado en esa cárcel mental. Era como si la tristeza infinita se apoderara de mí. Las lágrimas y las ganas de no existir eran intrusivas y constantes. Pero poco a poco, con el tiempo, fui aprendiendo que sanar no significa evitar el dolor, sino enfrentarlo.
Sanar fue mirar mis sombras a los ojos, aceptar mis oscuridades y aprender a convivir con ellas. La terapia fue una gran ayuda, pero también lo fue el acompañamiento de mi madre, mis hermanas y mis amigos. Cada charla, cada mate compartido, cada gesto de apoyo fue un ladrillo en la reconstrucción de mi ser.
Tuve que llorar mucho y despedirme de cosas y personas sin estar preparado para ello. Los finales llegan sin avisar y sin pedir permiso, y uno tiene que recoger los pedazos y aprender a unirse de nuevo, aunque sea en fragmentos. La depresión, el duelo y los procesos de sanación son como una hibernación mental y psicológica. Necesitan tiempo, atención y cuidado.
Hay un fragmento de Kafka en la orilla que describe perfectamente esta sensación:
«A veces el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.»
«Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.»
Esa tormenta es la depresión: una experiencia que te desarma, que te despoja de todo, pero que también te transforma. Salir de ella no significa volver a ser quien eras antes, sino convertirte en alguien nuevo, alguien que ha aprendido a abrazar sus sombras y a encontrar luz en medio de la oscuridad.
Este texto es una invitación a abrirnos a nuestra vulnerabilidad, a mostrar nuestras heridas y a darnos el tiempo necesario para sanar. Porque en ese proceso, aunque doloroso, también hay belleza y crecimiento.












