reflexiones sobre nuestro taller Kintsugi
Dicen que las grietas son espacios de separación entre un objeto y otro. A mí me gusta imaginar que son justamente lo contrario: los espacios que unen las diferencias y pulen los bordes filosos de las separaciones, haciendo del encuentro una manifestación de lo que sucede entre los límites y las maneras en que los contemplamos.
Durante el encuentro de movimiento y expresión que dimos junto a mi amigo escocés Coll, su pareja tailandesa Yuyie y su bebé Heg en el centro cultural TRAMWAY para la compañía de danza inclusiva Indepen-Dance, trajimos al espacio la inspiración del arte Kintsugi y la filosofía Wabi Sabi que ve la belleza en la imperfección. Esta práctica resignifica las grietas y las reluce con bordes dorados: esos mismos bordes que podrían mostrar que algo está roto, ahora nos revelan una obra de arte que abraza sin ocultar su historia.
Nuestros idiomas mezclados -mi español-inglés, el inglés con matices tailandés de Yuyie- se convirtieron en el primer gesto de linguística rota para unir. Desde cuerpos diferentes que se juntan para encontrar pliegues dorados de diferencias que enriquecen, transformando el encuentro en una obra de arte de resignificación constante.
Romper la máscara, encontrar la mirada
Comenzamos reconociendo cada parte de la máscara que llevamos cada día: cejas, ojos, nariz, labios, cachetes. Exploramos las diferentes maneras de contraer y mover los músculos de esta máscara de cerámica que hemos moldeado. Al imitar otras máscaras, reírnos y darle un contexto de juego, convertimos la participación en un acto familiar y seguro.
Luego llegó "Break the Space with the Face": movernos por el espacio y, al escuchar una palmada, detenernos para mirar a alguien con su máscara. Pero no para ver enmascarados, sino todo lo contrario: ver a través de las grietas y bordes donde la persona se deja asomar detrás de la máscara.
El cuerpo como escultura viva
Con elementos del popping y el hitting, exploramos contracciones musculares vinculadas a emociones y gestos: desde un "what's up" hasta un "me importa" o "I don't care". En parejas, jugamos a señalar o tocar diferentes partes del cuerpo para activar en el otro esas contracciones, cambiando roles para reconocer diversas maneras de habitar el movimiento.
La imagen guía fue una escultura de hielo que se quiebra con cada pop, cada hit, como una marioneta de hielo que primero se mueve desde el otro y luego gana independencia para moverse por resonancia propia. De ahí, la transición natural hacia derretirse en fluidez: de la estatua rígida al agua que se mueve con suavidad.
El abrazo como ecosistema
Introdujimos el tango a través del abrazo, usando la imagen del árbol mecido por el viento - tan presente en el clima otoñal de Glasgow. El viento que abraza al árbol, mueve sus ramas y, con calidez y seguridad, llega incluso a mover sus raíces para pasearlo.
Trabajamos con diferentes distancias del abrazo, múltiples maneras de conectar. Para quienes el contacto resultaba ajeno, exploramos la conexión a través de la mirada. Incorporamos elementos del tango como los cruces en ocho, el molinete y el caminar abrazados, pero siempre dejando espacio para que los roles se invirtieran y se rompieran, dando lugar a la exploración.
Lo que comenzó en dúos se expandió a tríos, cuartetos, hasta convertirnos en un bosque que se abraza entre sus raíces, donde viento y naturaleza se funden en un conjunto colectivo que se sostiene desde la observación, la confianza y las diferencias.
La magia de lo espontáneo
Estos trabajos de improvisación fueron hermosamente aceptados por los participantes. La bebé Heg se convirtió en parte natural del paisaje, bailando con diferentes árboles, su baby-doll de pajarito sumándose a la danza de árboles, vientos y pájaros en el ritmo natural de la vida.
Las devoluciones de los participantes y su entrega durante estos dos encuentros confirmaron que el Kintsugi, las emociones, la naturaleza y el movimiento no son solo elementos de conexión, sino herramientas esenciales para crear marcos de encuentro seguros y responsables.
Donde algunos ven roturas, nosotros aprendimos a ver puentes dorados. Donde otros perciben límites, nosotros encontramos fronteras porosas donde ser uno mismo y ser con otros dejan de ser opuestos para convertirse en dos caras de la misma moneda brillante.
Un encuentro mágico donde utilizamos la metáfora del Kintsugi japonés para celebrar las grietas que nos hacen únicos. Junto a Coll Hutchinson, Chattanika Klinkaew y la pequeña Heg, exploramos cómo nuestras cicatrices -corporales y vitales- pueden transformarse en líneas doradas que nos conectan.
Escrito por: Nelson Ivan Simonelli








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