viernes, 3 de julio de 2026

HIP-HOP y Salud Mental

El micrófono como refugio: 

Hip Hop, salud mental y resistencia comunitaria
El mes pasado tuve el honor de participar como ponente en la Mesa Redonda "Hip Hop y salud mental" en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, en el marco de una jornada que exploraba el uso de la cultura hip-hop como herramienta educativa y de transformación social. La jornada fue organizada por el Grupo de Investigación JOVIS, un grupo interuniversitario e interdisciplinario sobre juventud, sociedad y comunicación con sede en la UPF, junto a la asociación Hip Hop Works y la Fundació Contorno Urbano.

No llegué solo a esa mesa.
Llegué con la voz de muchos. Y en especial, con la fuerza de un equipo que la vida me regaló en Las Palmas de Gran Canaria: Pocha, Gaby, Elena, Kapi y mi gran amigo Coll con quien venimos trabajando en el marco del hip-hop como herramienta terapéutica. Ellos no estaban físicamente en la sala, pero su presencia atravesaba cada palabra que dije. Porque el hip hop, como la salud mental, no se construye en soledad. Se teje en redes, en barrios, en abrazos, en ritmos que se comparten.

El hip hop es, ante todo, un dispositivo comunitario.
No es solo música. Es un lenguaje que nació en los márgenes para decir lo que el sistema no quería escuchar. Es el graffiti que pinta el dolor y la esperanza en un muro. Es el MC que convierte la rabia en rima. Es el DJ que junta fragmentos rotos y los convierte en una melodía nueva. Es el B-boy que baila sobre el asfalto caliente, o el que reinventa su manera de escribir sobre los muros para dejar las verdades de su barrio diciendo: estoy vivo, me muevo, resisto.

En tiempos de duelo, violencia y horror, el hip hop se vuelve un dispositivo de salud mental comunitario. Porque ofrece lo que la medicina tradicional muchas veces no puede: un espacio donde la fragilidad se nombra sin vergüenza, donde la rabia encuentra cauce, donde el dolor se transforma en arte y el arte en curación colectiva que se manifiesta de manera pacífica pero empoderando.
Pedir ayuda no es debilidad. Y rapear o escribir sobre el dolor tampoco.

En aquella mesa redonda compartí lo que venimos construyendo desde los barrios, desde las plazas, desde los talleres donde el beat es el telón de fondo de conversaciones que salvan vidas. Porque cuando un pibe o una piba escribe una estrofa, está poniendo en palabras lo que su cuerpo o su mente ya no puede callar. Está, sin saberlo, haciendo terapia comunitaria.

Y ahí estaban Pocha, Gabriel y Coll, aunque fuera en el recuerdo y en el afecto. Porque ellos me enseñaron que el conocimiento no se guarda en bibliotecas, se camina en la calle. Que la genética, la antropología y el hip hop pueden sentarse en la misma mesa si lo que importa es la persona. Coll, con su mirada de científico y su corazón de hermano, me recordó siempre que la curación es también entender de dónde venimos, qué nos duele y qué nos une.

Hoy, en defensa de la salud mental, reivindicamos la cultura hip hop como una trinchera de ternura y refugio.

La misma ternura de la que hablábamos en el post anterior. La que elige no ser lo que hicieron de nosotros, sino lo que decidimos construir juntos. La que honra a quienes partieron sin saber cómo regresar del infierno, y se compromete a que nadie más transite solo ese camino.

Gracias a la UPF, al Grupo de Investigación JOVIS —ese espacio interuniversitario e interdisciplinario que entiende la juventud, la sociedad y la comunicación como un todo vivo y en movimiento—, a Hip Hop Works y a la Fundació Contorno Urbano por abrir ese espacio. Y gracias a Pocha, Gabriel y Elena ( colectivo La Dupa), Kapi y Coll: porque sin ustedes, mi voz no tendría el mismo peso. Porque el hip hop y la salud mental se cuidan en red, y nosotros somos prueba de que otra forma de habitar el mundo —y el cuerpo— es posible.

Seguimos. Rimando. Resistiendo. Cuidándonos.

Nadie se salva solo. 




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